Síndrome de la cabaña: ¿y si ahora nos genera ansiedad salir a la calle?

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El síndrome de Estocolmo del confinamiento: ¿y si ahora lo que nos genera ansiedad es salir a la calle y volver a la rutina de antes?

Entrando en el periodo de las fases de la desescalada, nosotros estamos sumergidos en una fase particular: la del síndrome de la cabaña o síndrome de Estocolmo del confinamiento, que consiste en que nos estresa salir a la calle y volver a recuperar esa rutina poco saludable de antes.

Por Guillermo Galindo  |  01 Mayo 2020

Ahora que están de moda las fases, durante la cuarentena hemos vivido varias:

  • Fase 1: Los primeros días, la cuarentena se veía prácticamente como uno de esos retos de YouTube de pasar 24 horas de pie o comerse el mayor número de hamburguesas en 15 minutos. La gente, muy motivada (quizás demasiado), empezó a acumular challenges, iniciativas, juegos y proyectos.
  • Fase 2: Cuando el pico de la curva no paraba de ascender y la vuelta a la normalidad de retrasarse, nos dimos cuenta de que esto, de juego, tenía poco. Dio comienzo la fase depresiva y de ansiedad, los días pasaban lentos y sin una sola noticia buena que echarse a la boca, y empezamos a tener problemas para dormir, o en su defecto, soñábamos cosas raras.
  • Fase 3: Y de repente, un mes después, nos acostumbramos a la situación. Habíamos creado una nueva rutina, y mal que bien, nos habíamos adaptado a ella. Ahora los días pasaban mucho más rápido, demasiado incluso.

Pero ahora llega nuestra fase 4 particular, la que tiene que ver con la desescalada. Y nos hemos topado con un problema que jamás hubiéramos pensado el fin de semana del 13 de marzo: nos genera ansiedad volver a salir a la calle con normalidad y, sobre todo, regresar a la rutina de antes. ¿Estamos viviendo una especie de síndrome de Estocolmo del confinamiento?

La ansiedad va por bandos: antes nos la generaba quedarnos en casa y ahora salir de ella.
La ansiedad va por bandos: antes nos la generaba quedarnos en casa y ahora salir de ella. Shutterstock

Como este artículo respeta las fases, vayamos primero con la más cercana, el salir a la calle. Tantas semanas diciendo que ojalá nos dejaran dar un paseo para que, cuando tengamos la posibilidad, estemos así. Pero no estás loco, ni mucho menos. En solo 50 días hemos vivido una serie de experiencias que recordaremos de por vida y que seguro nos marcarán en nuestro futuro más próximo. Nuestro cerebro cambió el chip en la fase 3 mencionada arriba, y se habituó a permanecer en casa y a percibir la calle como un territorio prohibido y peligroso, como si estuviéramos en un videojuego posapocalíptico. De hecho, seguramente lo habréis notado al ir a comprar, a trabajar o al bajar al perro, con miradas y comportamientos que pensábamos que solo sucedían en las películas de zombies. La sociedad ha demostrado que una situación así saca lo peor de nosotros. Le hemos cogido más tirria aún al resto del mundo, y compartir nuestro espacio con ellos, como que no nos apetece mucho. Cuanto más alejados, mejor.

'The Last of Us II' pinta bien. Shutterstock

Esto es difícil de gestionar, pero todavía lo es más el haberse dado cuenta durante esta cuarentena de que nuestro ritmo y estilo de vida anteriores eran inviables y no nos hacían felices. El trabajar la mitad de nuestro día, el pasar de 2 a 3 horas en un transporte público abarrotado, la dictadura del estrés y la prisa a la que estamos sometidos en las grandes ciudades... Todo esto desapareció. Y superado el mono de los primeros días, muchos empezaron a reflexionar sobre lo que era antes su rutina y su día a día. Y la respuesta es clara: era una mierda.

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Nos pidieron que no nos tomáramos el confinamiento como unas vacaciones, conscientes de que ahora podríamos tener tiempo para leer un libro, ver una serie a una hora decente o jugar con la familia, y acostumbrarnos así a lo bueno. Pero es que no debería ser "lo bueno", debería ser "lo normal". Y antes, en "lo normal" no cabía un mínimo de conciliación familiar o de ocio hasta que desahogábamos nuestras frustraciones en el bar el viernes, intentábamos disfrutar del sábado y nos deprimíamos el domingo.

Pues resulta que una conciliación familiar y laboral no era tan utópico...
Pues resulta que una conciliación familiar y laboral no era tan utópico... Shutterstock

Y ahora, ante unas empresas y un gobierno deseosos por devolvernos a esa situación de plusvalía, contaminación, jornadas eternas y cabezas gachas, aquellos que han cambiado el chip y han visto que se pueden hacer otras cosas que no sean trabajar 24/7 y descansar dos semanas al año, se enfrentan a la vuelta de esa antigua normalidad con la ansiedad por las nubes. Cuando estábamos en el fango, no nos importaba enfangarnos. Ahora que hemos salido de él, volver a meternos nos apetece más bien poco. Trabajar es necesario, mantener la rutina casi esclavista y el día a día de antes, no debería serlo. Pero como dejamos el idealismo atrás, sabemos lo que hay, y de ahí viene la frustración, el estrés y la ansiedad por todo lo que nos espera.

Qué ganas, ¿eh?
Qué ganas, ¿eh? Shutterstock

Quién nos iba a decir que tendríamos estos sentimientos y sensaciones ahora que parece que vemos la luz al final del túnel. Eso nos pasa por haber idealizado esa luz en las fases 1 y 2. Ahora te toca sufrir el síndrome de Estocolmo del confinamiento. Bienvenido a la fase 4.

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