Justin Timberlake: se cumplen 15 años del 'pezóngate' de la Super Bowl

¿Por qué el mundo se ha puesto en contra de Justin Timberlake?

El público y la crítica, tras años adorándole, le han dado la espalda. Esto solo lo explica el karma.

Por Juan Sanguino  |  01 Febrero 2019

Hace hoy 15 años, Justin Timberlake puso fin a la carrera de Janet Jackson. 143 millones de espectadores vieron durante el descanso de la Super Bowl a Timberlake cantar "gonna have you naked by the end of this song" ("voy a desnudarte al final de esta canción") y arrancarle a Jackson un trozo del corsé que dejaba al descubierto su pecho, decorado con un piercing-broche. La desmesurada repercusión del 'pezóngate' (Jackson fue vetada de radios y televisiones, Disneyworld retiró una estatua de Mickey Mouse vestido como ella en Rythm Nation que llevaba años en el parque, los canales musicales MTV y VH1 dejaron de emitir sus videoclips antiguos fulminando su legado) puso de manifiesto que el emblemático puritanismo americano no solo no estaba superado sino que arremetía con distinta virulencia contra hombres y contra mujeres. Los Grammy cancelaron la actuación prevista de Janet. Justin ganó dos premios.

Janet Jackson llevaba dos décadas liderando un movimiento en el cual las mujeres negras reclamaban el control de su cuerpo mediante la música pop. Timberlake acababa de lanzar su primer disco. Pero sus trayectorias no importaron: el mundo canceló a Janet (y su carrera jamás se ha recuperado) mientras jaleaba el ascenso de Justin como el nuevo rey del pop. Aquel escándalo estaba plagado de connotaciones políticas: el anterior rey del pop era el hermano de la cantante, Michael, que había rechazado la canción que acompañó el incidente ('Rock Your Body') y que en aquel momento atravesaba un proceso judicial por acusaciones de pedofilia; el asunto sirvió como distracción ante ese juicio, la guerra de Irak y las elecciones americanas; y por encima de todo, la polémica demostró que una mujer negra puede estar en control de su cuerpo con fines artísticos y comerciales, pero a la hora de la verdad un hombre blanco puede hacer con él lo que quiera: utilizarlo, exponerlo y humillarlo. Y sin sufrir consecuencias.

'Wardrobe malfunction' (error de vestuario) era jerga de la industria del espectáculo hasta que Timberlake la utilizó en su explicación pública y se volvió una expresión popular.
'Wardrobe malfunction' (error de vestuario) era jerga de la industria del espectáculo hasta que Timberlake la utilizó en su explicación pública y se volvió una expresión popular. GIPHY

Por todo ello América nunca se ha recuperado del todo de aquel percance que, meses después, precipitaría la creación de YouTube con el objetivo de que cualquiera pudiera publicar, ver y compartir los vídeos que quisiera ajenos a la censura de las televisiones (que después del 'pezóngate' retransmitirían todos los eventos en directo con unos segundos de retraso para prevenir incidentes). Y este trauma quedó claro cuando el año pasado Justin Timberlake regresó a la Super Bowl, esta vez como la atracción principal, y muchos exigieron que invitase a Janet para ofrecerle por fin una disculpa pública simbólica. #JusticeForJanet fue trending topic y, cuando la única referencia del cantante al tema fue volver a cantar 'Rock Your Body' y reírse con socarronería antes de cortar el verso "gonna have you naked by the end of this song", internet decidió que ya había tolerado demasiada chulería por su parte. Aquella noche, Justin Timberlake se convirtió en un símbolo del privilegio blanco.

Al principio de su carrera, Timberlake era la estrella del pop más blanca posible. Sus rizos engominados, sus looks denim a conjunto con su novia Britney Spears y sus bailes robóticos le convertían en una especie de cyborg que no era exactamente sexy sino que estaba programado para efectuar espasmos con la pelvis. Pero cuando arrancó su carrera en solitario optó por apropiarse explícitamente de la cultura negra sin renunciar, por supuesto, a los beneficios de ser blanco. El nuevo Timberlake hacía suyos la estética (ropa ancha deportiva, ostentación de riqueza con trajes blancos), el sonido producido por Timbaland (Aaliyah) y Pharrell Williams (Nelly, Jay-Z) y los códigos de la música negra (la euforia sexual: "menea ese culo como tú sabes"; la fiesta como espacio de liberación: "coge a tus amigas y venid a la pista de baile"; la feroz reafirmación personal: "has debido confundirme con otro tío"), pero dada su raza estos elementos aparecían despojados de la represión, discriminación y marginación que los habían causado originalmente en la comunidad negra. Era un blanco jugando a ser negro de forma lúdica y el mundo compró el experimento.

Su primer single, 'Like I Love You', representaba esta transición. Timberlake abusaba del falsete y pasaba de evocar el romanticismo de vainilla que caracteriza a los grupos de chicos como N*Sync ("si me das la oportunidad de ser tu hombre no te decepcionaré") a insertar actitudes intimidatorias más asociadas a los cantantes negros cuando susurraba "estás asustada, ¿verdad?". ¿De qué iba a estar asustada la chica, en concreto? Pues, por lo visto, de que su ex se colase en su casa y se grabase echando un polvo con otra mujer como venganza. El vídeo de 'Cry Me A River' pone de manifiesto el privilegio del que Justin gozaba: la opinión pública habría reaccionado de forma muy distinta si un cantante negro, vestido con una sudadera con capucha oscura, rompiese una ventana para allanar la casa de una mujer. El éxito de este single en concreto confirmó que Timberlake podía apropiarse de la creatividad de los negros a la carta, manufacturarla, perfumarla y vendérsela empaquetada a las masas.

En el vídeo Justin acosaba a una doble de Britney Spears.
En el vídeo Justin acosaba a una doble de Britney Spears. YouTube

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Su segundo disco, ya después del "pezóngate", era una declaración de intenciones desde su título ('Future Sex/Love Sounds') hasta su portada, en la que el cantante destrozaba una bola de espejos aplastándola con el pie. Este álbum representaba el final de una época (las discotecas como templo y forma de vida) y el inicio de otra (las discotecas como espacio para fardar). Lo cierto es que en 2006 los ritmos abrumadores de 'Sexyback' o 'Lovestoned' sonaban, efectivamente, al futuro. Sus coreografías, más fluidas y menos robóticas, pasaban por poner a una bailarina negra a hacer twerking contra su entrepierna hasta que él la empujaba al suelo (no hay otra forma de expresar la sacudida) de un pollazo. En un concierto, alargó 'What Goes Around Comes Around' (otra canción vengativa contra su ex, Britney Spears) con una coda en la que entonaba el estribillo de 'Rehab' de Amy Winehouse modificado ("quieren que vaya a rehabilitación y ella dice no, no no") justo cuando Spears estaba ingresando en un centro de desintoxicación tras su crisis nerviosa. El mundo le rió la gracia. Nadie cuestionó que se tratase de un hombre, por segunda vez en tres años, convirtiendo la vejación pública de una mujer en un espectáculo.

David Fincher explicó que fichó a Timberlake para interpretar al fundador de Napster, el capullo orgulloso de su prepotencia Sean Parker, en 'La red social', porque "necesitaba a una figura como Frank Sinatra, alguien que entra en una habitación y se adueña de toda la atención". "El problema con los actores" continúa Fincher, "es que se han pasado sus vidas siendo rechazados en castings, pero las estrellas del pop no conocen ese rechazo". Desde que a los 12 años debutó como presentador de Mickey Mouse Club, Justin Timberlake no conoce otra vida que la del éxito. No recuerda cómo es que la gente no le haga caso o no le permita hacer lo que le dé la gana. Por eso su carrera no ha dejado de aspirar a la grandilocuencia de ser la estrella definitiva: quiere ser Michael Jackson, Sammy Davies Jr y Bing Crosby (literalmente, Timberlake utilizó el sombrero de ala ancha que antes habían llevado todos ellos como emblema). Cantante, bailarín, actor, humorista, amante de mujeres famosas, imitador, maestro de ceremonias, compositor, sex symbol y, en definitiva, heredero de la tradición artística americana del showman.

Pero ese estatus de ídolo universal requiere un atractivo apolítico que siempre se acaba quedando obsoleto. Ni Jackson, ni Sinatra, ni Davies Jr pudieron adaptarse a la evolución de la sociedad y se contentaron con preservarse en formol cultural. Hoy el pop frenético y desenfadado que marcó la década pasada, dominada por Timberlake pero también por Katy Perry, Gwen Stefani y Nelly Furtado, es considerado una horterada simpática. Las únicas que han sobrevivido al cambio de paradigma (Beyoncé, Rihanna) han tenido que comprometerse políticamente y los artistas negros (Kanye West, The Weeknd, Drake) se han vuelto las estrellas más comerciales reclamando el legado de su raza. Por eso cuando Justin Timberlake regresó con 'Man Of The Woods' abrazando su tradición blanca (sonido country, camisas de franela, buen rollito inofensivo) y firmando un acuerdo para ser imagen de Levi's (porque la cabra tira al monte y el hombre blanco tira al denim) nadie le prestó atención. Y sus guiños al Timberlake más descarado y más negro ("¿qué vas a hacer con toda esa carne?", preguntaba en el single 'Filthy') ya solo resultaban bochornosos. La crítica destrozó el álbum y el público ni lo escuchó.

El look de Timberlake (americana con estampado de camuflaje, camiseta con ciervos) fue ridiculizado en internet, que convirtió al chaval que se hizo un selfie con el cantante sin saber quién era en un meme. La crítica definió el show como el más aburrido d
El look de Timberlake (americana con estampado de camuflaje, camiseta con ciervos) fue ridiculizado en internet, que convirtió al chaval que se hizo un selfie con el cantante sin saber quién era en un meme. La crítica definió el show como el más aburrido d Super Bowl

Cuando empezó a rumorearse que en la Super Bowl Timberlake actuaría con un holograma de Prince, muchos señalaron que se trataba de su enésima apropiación de la cultura negra (agravada porque Prince, en vida, odiaba a Timberlake), y finalmente el mito apareció proyectado sobre una tela gigante. Porque Justin Timberlake (su soberbia, su desvergonzado privilegio, su talento para entretener a las masas) no ha cambiado, pero el mundo que le rodea sí. La irrelevancia actual de Justin Timberlake puede ser vista como una penalización retroactiva a todas estas licencias que se ha tomado siempre sencillamente porque podía, pero también como una analogía del devenir del hombre blanco heterosexual en la cultura popular: no es que se le desprecie por su condición, es que su comportamiento ya no es aceptable.

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