8 anécdotas y locuras trabajando como dependiente de tienda

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8 increíbles anécdotas tras años trabajando como dependiente

Desde clientas borrachas a dependientas kamikazes. Trabajar durante años como dependiente de una tienda de ropa te asegura una serie de anécdotas inolvidables. Aquí os cuento las 8 más destacadas.

Por Javier Parra  |  08 Abril 2019

Como muchos jóvenes, un servidor tuvo que empezar a trabajar pronto para poder costearse los estudios fuera de mi ciudad natal. Así fue como, con diecinueve años, empecé a trabajar en uno de los sectores más menospreciados por la gran mayoría de las personas de a pie: inicié mi carrera laboral en el sector del retail como dependiente en tiendas de ropa.

Desde multimarcas a sastrerías, pasando por firmas de alto standing y habiendo hecho carrera en varios sectores dentro del sector, son muchos los años de experiencia acumulados, muchas preparaciones de rebajas y demasiados momentos incómodos y graciosos a recordar en el maravilloso mundo de la moda, ese que hoy costea la gran parte de mis recibos y que ha dado para labrarme como profesional (al margen de mi carrera como redactor) gracias a una serie de experiencias que nunca está de más compartir con todo el mundo, y que seguramente tendrán muchos puntos en común con situaciones que otros compañeros de la profesión hayan tenido a lo largo de su vida.

Todas y cada de las anécdotas contadas a continuación son verdad, aunque cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.

1 La kamikaze

Por todos es sabido que la picaresca española puede llegar a alcanzar límites insospechados, y si a eso le sumamos el factor de contar con trabajadores adolescentes cuyas prioridades son salir de fiesta antes que el trabajo, el cóctel puede resultar explosivo. La crisis de 2008 aún no había llegado, y muchos recordarán que, al menos en el sector retail, trabajo nunca faltaba.

La caída por las escaleras de mi compañera empleada (dramatización)
La caída por las escaleras de mi compañera empleada (dramatización) Shutterstock

Eso es lo que debió pensar una compañera con la que coincidí en mi etapa como trabajador para una de las marcas de Inditex. "Trabajo hay de sobra", pensaría, y por aquello de la citada picaresca, aunque en esta ocasión llevado hasta un límite un tanto hardcore, un buen día la pobre sufrió un accidente bastante chungo en horario de trabajo: cayó rodando por las enormes escaleras que comunicaban la planta de hombre con la de mujer. Se rompió un brazo. Evidentemente, debido a que se trató de un accidente laboral, la mutua de la empresa le pagó religiosamente durante todo el tiempo que estuvo de baja. Todo eran lamentos hasta que nos enteramos cómo la susodicha, buena trabajadora pero mejor bebedora, en un arrebato de sinceridad etílica durante una noche de fiesta, le confesó a una compañera que estaba harta de trabajar y que por eso se había tirado a propósito por las escaleras. Aún no sabemos si el brazo se le rompió en plan cumplimiento de deseo o por culpa del karma.

2 El turista

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El Ajax se ha convertido en el equipo de todos, en ese que compite contra el fútbol moderno dominado por las grandes potencias. Su lucha es nuestra lucha.
Una de las principales formas de captación de clientes por parte de algunas de las grandes compañías, es la fidelización a través de programas de puntos o bases de datos. Eso, además del hecho de ofrecer una atención totalmente personalizada, hace que en determinados momentos se establezcan una serie de acercamientos que, pese a que en la gran mayoría de casos se queden en la mera cordialidad, hay veces que el exceso de confianza por parte de quien viene a comprar acaba siendo un tanto extraño.

Un tipo que estaba de paso por Barcelona, estuvo dejando que le aconsejara para comprar una chaqueta y un vestido para una chica, y como viene siendo costumbre en muchos de estos casos, no se decidía por la talla que se tenía que llevar. Así fue como en determinado momento, decidió enseñarme un par de fotos de la mujer en cuestión: una voluptuosa mujer transexual posando de forma muy poco sutil en un parque y en una cama. Seguramente, el tipo se sorprendió cuando, con total naturalidad, le dije "tiene mucho pecho, así que te recomiendo que cojas esta talla en lugar de esta". Fue cuando estaba llevando a cabo su alta de cliente cuando este, tras decirme que se encontraba de viaje por Europa, me preguntó si podía aprovechar que ahora tenía su email personal para escribirle. Exactamente, las palabras fueron: "Voy a Amsterdam y quiero encontrarme con este tipo de mujeres, ya sabes (guiño de ojo incluido). Ya me dirás algo". Y se fue. Espero que le fuese bien por allí y que no me tenga en cuenta que nunca le dije nada.

3 La borracha

Una de las mejores experiencias laborales de mi vida fue trabajando para una marca de renombre internacional dentro de un corner en la planta de caballero en unos conocidos grandes almacenes, aquellos que durante años se han empeñado en dejar claro que "el cliente siempre tiene la razón". Tal vez, y porque el ser humano es un animal que se acostumbra demasiado a creerse ciertas afirmaciones, de ahí provenga la actitud irrespetuosa y clasista que muchas personas no se cortan un pelo a la hora de utilizar a la hora de dirigirse a quienes trabajamos de cara al público. Recuerdo que era sábado por la mañana, y que, como de costumbre, la jornada empezaba a transcurrir de forma normal entre familias que paseaban por el lugar y señoras enjoyadas acompañadas de sus empleadas de hogar.

Una de estas, clienta habitual a la que todo el mundo conocía por su costumbre de venir a comprar después de haber empinado el codo ya durante el desayuno, un buen día apareció caminando más torcida de lo normal. Iba borracha como una cuba. Tanto, que tropezó con ella misma al caminar y se cayó de bruces contra el suelo. Tuve que contener mucho la risa cuando me acercaba para preguntarle si se encontraba bien, y cuando hice ademán de ayudarle a levantarse, empezó a proferir una serie de gritos e insultos en referencia a una baldosa que deberíamos arreglar y con la que se había tropezado. Muy amablemente, le dije "el suelo está en perfecto estado, se ha tropezado usted sola". Lo más bonito que me llamó fue "maricón", a lo que añadió "te voy a poner una hoja de reclamaciones". El jefe de planta (la persona más lameculos que me he cruzado en mi vida) apareció de inmediato para calmar a la señora alcohólica y ¿sabéis qué?, terminó dejándome boquiabierto al decirle que tenía razón, que ese suelo era un peligro para ella y todos los allí presentes.

4 Servicio completo

Durante ese mismo año, fueron muchas las personas con las que coincidí, casi todas ellas responsables de sus determinados corners dentro la planta. Uno de ellos, el dependiente de una firma de lujo establecida a pocos metros de mi espacio de trabajo, se había convertido en una de las sensaciones del centro desde su llegada. Era rubio, de más de 1,90m de altura y el traje que llevaba le quedaba de escándalo, las cosas como son. Imagino que eso no solo era percibido por los que estábamos allí presentes cada día, sino que a muchos clientes se les hacía la boca agua al verlo.

Un buen día, durante el turno de tarde, se armó un pequeño revuelo en la zona sin importancia, y el tipo en cuestión de repente desapareció sin dejar rastro. Al día siguiente, la noticia empezó a correr como la pólvora: resulta que entre sus respetables aficiones estaba la de otorgar un servicio absolutamente completo a aquellos clientes que lo deseasen, habiéndose convertido en un experto ejecutor de la garganta profunda en los baños del centro (situados justo al lado de donde trabajaba). Nunca supimos si aquella faceta suya la explotaba a cambio de dinero o gratis, pero lo que seguro no tiene precio es imaginar la cara que se le quedaría al ser sorprendido por el jefe de planta en pleno trabajo oral.

5 La cansina

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Durante un tiempo, trabajé como mozo de almacén para otra importante multinacional en una de las tiendas con mayor facturación a nivel estatal. La cantidad de trabajo era inmensa y, por aquel entonces, el estrés al que estaba sometido hizo relucir mi vena más sarcástica y, a ratos malhumorada. Si a eso le sumamos que, como en todos lados, el mundo está lleno de gente impertinente, mi paciencia se agotaba de forma muy rápida casi a diario. Fueron varias las compañeras y compañeros con los que tuve que hacer ejercicios de respiración para contenerme, porque la educación es lo primero.

Una de ellas se ganó la palma de la pesadez cuando se empeñó en preguntarme todos y cada uno de los días en que la vi, que le explicase cuál era el significado de mis tatuajes. Sin exagerar, cada vez que me veía quería que le contase alguna historia fascinante sobre el maravilloso mundo del tatuaje y las historias que mi piel escondía sobre ellos. No solo nunca le conté nada (no había nada que contar), sino que su extraña fascinación acabó resultándome un tanto creepy, pues entre una de sus máximas aspiraciones estaba la de emparejarme con un supuesto mejor amigo suyo, al que una vez se refirió como: "Mi mejor amigo también es gay y muy guapo. Seguro que lo conoces". Porque todos sabemos que los maricones nos conocemos todos entre nosotros, sí o sí.

6 Una proposición indecente

Ni soy Demi Moore, ni me ofrecieron una cifra millonaria por nada, pero una de las situaciones más graciosas a las que me he tenido que enfrentar en todos estos años trabajando cara al público, es la vez en que dos señoras amabilísimas se confundieron un poco con respecto a lo que yo pretendía. Las susodichas eran dos adorables sexagenarias holandesas que estaban pasando sus vacaciones en Barcelona, a las cuales estuve un par de horas asistiendo en la zona de probadores, pues parecían dispuestas a irse de regreso a su país con las maletas repletas de nuevos outfits a estrenar.

Un poco más económica que la de Robert Redford a Demi Moore, pero una proposición indecente al fin y al cabo.
Un poco más económica que la de Robert Redford a Demi Moore, pero una proposición indecente al fin y al cabo. Paramount

Finalmente, entre las dos acabarían gastándose una cifra que rondó los 2.000 euros. Nos habían salvado el día y yo no había tenido que fingir en ningún momento (digan lo que digan, eso es algo que todo dependiente ha tenido que hacer en algún momento de su vida), pues me resultó agradable charlar con ellas y todo había transcurrido de forma natural. Sin embargo, lo que a mí me había parecido una mera conexión entre trabajador y cliente, no fluyó de la misma manera por su parte, pues al poco rato de abandonar la tienda, las dos regresaron directas a la zona de caja. Allí, muy amablemente, me dieron las gracias por cómo les había atendido y me invitaron a que las acompañase a cenar al terminar mi jornada, alegando que se sentían muy solas y que necesitaban "algo de calor masculino". Sin saber dónde meterme, mi compañera echó más leña al fuego preguntando que qué les había hecho en el probador para que volviesen con ganas de más. Muy amablemente, decliné la oferta, a lo que una de ellas respondió de inmediato: "Bueno, teníamos que intentarlo". Y se fueron.

7 Jugando al despiste

Esto me pasó en mi primer trabajo como dependiente, con 19 años. Era demasiado joven e inexperto como para estar de responsable de sección en un trabajo que aún no sabía si era a lo que me quería dedicar o no, pero ahí estaba yo cada día, esforzándome al máximo por dar todo lo que podía de mí mismo. Sin embargo, había algo a lo que nunca me había enfrentado: a que robasen delante de mi cara sin enterarme.

Era mi primera semana y muy amablemente había acompañado a un chaval de mi edad a que se probase unas prendas en el probador. El chico en cuestión venía con un amigo que se quedó echando un vistazo al resto de la tienda mientras yo estaba en la zona de probadores. El que estaba dentro había dejado la cortina del habitáculo medio abierta y se había quitado la camiseta y los pantalones para probarse la ropa. No llevaba ropa interior. El voyeur que todos llevamos dentro hizo que me olvidase por completo del otro chaval que andaba por la tienda, mientras que el exhibicionista hacía gala de sus atributos probándose ropa y entrando y saliendo del probador (en una de estas, lo hizo solo con una camiseta, sin nada más en la parte de abajo). Yo ya no sabía dónde meterme, así que cuando finalmente acabó de pavonearse y me devolvió todas las prendas, no sabía si estaba ligando o se estaba riendo de mí. Al rato de irse, el responsable de seguridad me llamó para avisarme de que nos habían robado (por aquel entonces, no era común el tener a un vigilante durante todo el día observando las cámaras), y revisando las grabaciones evidentemente comprobamos cómo mientras yo estaba hipnotizado en los probadores, su compañero se había dedicado a cortar las alarmas de varias prendas que se llevó metidas en su mochila como si nada. Me sentí muy imbécil.

8 La venganza

Son varias las empresas para las que he trabajado, y pese a que siempre he conseguido intentar quedarme con lo mejor de cada una de ellas, hay una a la que sigo considerando hoy en día como la peor experiencia laboral que he tenido en mi vida. Más allá de decir que se trata de una compañía con sede en Portugal y que tiene uno de los salarios peor pagados del sector, el trato humano hacia el trabajador fue absolutamente denigrante, y más cercano al de la explotación que al de un trabajo normal y corriente.

De todo ello tenía la culpa el que fuera mi encargado, quien se ganó a pulso el convertirse en una de las personas más deleznables con las que me he topado en toda mi vida. No solo nos hablaba mal delante de los clientes, sino que exigía unos datos que se alejaban totalmente de la realidad. Para más inri, el tipo creía ser la última Coca-Cola en el desierto y se daba unos aires de grandeza que ni la mismísima Reina de Inglaterra. El pobre era un intento de diva más cercano a la bruja de Blancanieves que a Paris Hilton, a quien idolatraba de forma desmedida por alguna extraña razón. Un buen día, apareció con un chico guapísimo en la tienda al que no dudó en presentarnos a todo el equipo con la única intención de presumir de novio (o lo que fuese esa relación). Casualmente, al siguiente fin de semana coincidimos en una fiesta a la que él había ido solo y, ya sea por el alcohol o porque a los dos nos pudo la situación de saber que mi jefe era su ligue, acabamos enrollándonos un poquito. Por desgracia (o por suerte), de repente apareció y nos vio juntos. Aquella noche me reí mucho. Y nunca olvidaré la cara de odio que tenía él cuando el lunes siguiente me vio aparecer por la tienda y me informó de que no me podía renovar el contrato. Y fui muy feliz por ello.

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