¿Por qué Maradona sigue siendo considerado un Dios?

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¿Por qué Diego Armando Maradona sigue siendo considerado un Dios?

Un documental analiza el fanatismo religioso que despierta el futbolista argentino, cuyas debilidades como hombre no han mermado su imagen como ídolo sobrenatural.

Por Juan Sanguino  |  15 Julio 2019

Resulta demasiado fácil relacionar cualquier deporte con Dios. Cuando un ser humano logra ser el más rápido del mundo, el más fuerte o el más resistente, desafía la lógica, la física y los límites de la carne. Por eso, las mayores figuras del deporte aseguran, durante las ruedas de prensa posteriores a su competición, que han alcanzado ese más allá gracias a la ayuda de Dios: Ayrton Senna incluso entraba en trances cuando sometía a la máquina en los circuitos de Fórmula 1 y gritaba mensajes ininteligibles dentro del coche. Pero ningún atleta ha alcanzado el estatus de Diego Armando Maradona, un tipo cuya imagen ha quedado asociada a Dios para la posteridad. Porque la única forma de comprender a Maradona era a través de Dios.

Solo hay que ver esta foto para darse cuenta de lo que estamos hablando.
Solo hay que ver esta foto para darse cuenta de lo que estamos hablando. GTRES

El documental 'Diego Maradona', de Asif Kapadia, estrenado el 11 de julio, decide centrar su relato en las siete temporadas que pasó en el Nápoles. Aquellos años condensan el auge y la caída, el ídolo y el hombre, el mito y el chiste y demuestran que ningún ser humano podría estar a la altura de semejante adoración por parte de las masas. Si resulta demasiado fácil relacionar cualquier deporte con Dios, el fútbol es directamente la religión pagana de nuestro tiempo: lo respiramos desde niños, lo disfrutamos con las vísceras en vez de con el cerebro y nos lleva a una euforia colectiva que se transforma en éxtasis. Maradona era solo un hombre (se dijo de él que era listo con los pies pero no con la cabeza, que era un gran jugador pero no una gran persona), pero durante esas siete temporadas en Nápoles al mundo entero se le olvidó y le trató como a un mesías. Literalmente.

La tesis del mito se revela, según todos los expertos, en los cuartos de final del mundial de México '86. Argentina se enfrentaba a Inglaterra cuatro años después de la invasión del ejército británico en las Maldivas, de modo que la selección argentina acudió a ese partido como "soldados en zapatillas Flecha" según recuerda Maradona en su autobiografía 'Tocado por Dios'. Los dos goles que marcó Diego, dándole el paso a la semifinal a su equipo, representan tan bien su legado que ningún guionista de cine lo consideraría verosímil: el primero, impulsado con una mano que el linier ignoró (y que pasaría a la historia como "la mano de Dios") y el segundo tras una jugada de 60 metros, regateando a cinco jugadores ingleses distintos y nombrado "el gol del siglo" por la FIFA en 2002. El inglés Gary Striker reconoció que estuvo a punto de aplaudir ese segundo gol en el césped: "No había sentido algo así nunca, parecía imposible marcar un gol tan bonito. Es el mejor jugador de la historia con muchísima diferencia. Un fenómeno genuino". El comentarista uruguayo narró el gol describiendo a Maradona como "una cometa cósmica de otro planeta", el comentarista argentino gritó "Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas". La magia de Maradona para regatear como si el balón estuviese pegado a sus botas solo podía comprenderse, explicarse y disfrutarse en términos sobrenaturales.

Por eso Nápoles resultó un hogar tan improbable para Maradona (el jugador más caro del mundo en dos ocasiones recalaba en un equipo que luchaba contra el descenso) como ideal para su figura: una ciudad supersticiosa, apasionada, lastrada por los bajos fondos y situada al lado de un volcán. Cuando jugaban en las ciudades prósperas del norte (Milán, Turín, Parma) los tifosi les recibían llamándoles guarros, perros y coléricos. El Nápoles era el underdog, el perdedor rebelde al que nadie vio venir, y Diego Maradona conocía perfectamente esa sensación.

Él había nacido en un barrio de chabolas de Buenos Aires y su actitud rebelde ante la vida era la misma que en el campo: supervivencia, instinto y furia. Maradona levantó el espíritu de sus compañeros en el Nápoles y de los napolitanos, que por fin encontraron en él algo de lo que estar orgullosos. Cuando le dio al Nápoles el primer Scudetto de su historia, la fiesta en la calle duró dos meses. Los napolitanos cantaban "Mamma, ¿por qué mi amor late así? Porque he visto a Maradona y estoy enamorado" (la capacidad del fútbol para despertar un sentimentalismo masculino que los hombres no expresan en ningún otro ámbito de su vida de nuevo vincula este deporte con el fanatismo religioso), una pintada apareció a la mañana siguiente en el cementerio que decía "No sabéis lo que os habéis perdido" y una enfermera, tras hacerle un análisis de control antidopaje, llevó el vial con la sangre de Maradona a la iglesia de San Gennaro. Unos controles antidroga que, una vez el futbolista reconoció que había sido adicto a la cocaína desde que la probó en Barcelona en 1983, resultaron haber estado amañados.

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Maradona le dio otro Scudetto más al Nápoles, una Coppa Italia y una copa de la UEFA. Tenía a la afición tan de su lado que cuando Italia se enfrentó a Argentina en el mundial de Italia 90, en el campo de San Paolo de Nápoles, Maradona pidió a sus hinchas que apoyasen a la selección argentina porque el resto de los italianos humillaba a los napolitanos y por tanto "Napoli non è Italia". Esto desató el odio de toda la nación y nadie quiso apoyarle cuando la justicia le investigó por tráfico de drogas (técnicamente, él le suministraba cocaína a las prostitutas que contrataba). El mismo descaro que le convirtió en un ídolo, que le llevó a creerse por encima del bien y del mal, acabó hundiéndole cuando sus relaciones con la Camorra napolitana (cuyos líderes le proporcionaban cocaína y prostitutas para a continuación pasarle el teléfono a sus hijos para que saludaran al astro) acabaron con sus 165 centímetros de pura energía en la cárcel y una suspensión profesional de un año.

Nápoles era una región en metástasis cultural por culpa de la mafia y Maradona acabó siendo un símbolo perfecto para que la policía local se colgase una medalla ante la opinión pública internacional. Él ya estaba acostumbrado a recibir balas dirigidas a otros, tal y como recuerda Jorge Valdano: "Maradona era el encargado de hacer que los milagros ocurriesen y eso les daba a sus compañeros mucha seguridad. Por otro lado, el tamaño de su fama era tan enorme que absorbía toda la presión en nombre de sus compañeros. Uno dormía a pierna suelta la noche antes de un partido porque sabía que Diego conseguiría cosas que ningún otro jugador podría conseguir y además subconscientemente sabía que si perdíamos, Maradona encajaría todas las culpas". Una de las cualidades que más admiraba el público era su generosidad: tras regatear a tres, cuatro, cinco jugadores, a menudo le dejaba el balón a un delantero para que marcase el gol. Él se trabajaba la guerrilla, pero no necesitaba chupar balón para rematar la jugada.

Por eso el paso de los años ha sido compasivo con Maradona, al que se percibe más como un enfermo y un adicto que un crápula. Valdano explica que "la retirada de Maradona traumatizó a Argentina, porque él había sido una compensación para un país que venía de sufrir dictaduras militares. Maradona les ofreció una salida para su frustración colectiva, por eso es una figura divina". Su fútbol sigue fascinando a los aficionados: el espectador jamás comprende lo que está ocurriendo ni puede adivinar lo que va a ocurrir a continuación. Su capacidad para rotar el talón 360 grados, su visión del espacio y su control de todos los movimientos a su alrededor le convierten, según muchos expertos, en el mejor jugador de la historia. La violencia con la que sus oponentes le metían el pie (Maradona ostenta varios récords de faltas, como el de ser el jugador más agredido en un solo mundial) nunca pudo detenerle y solo contribuyó a la épica de su relato.

Esa superioridad técnica, espiritual y física le llevó a despreciar las reglas dentro y fuera del estadio, hasta el punto de que su vida acabó siendo un espectáculo tan asombroso como su fútbol: la anécdota del día que se puso a disparar balines de aire a los paparazzi que intentaban entrar en su casa es recibida con las mismas risas cómplices que su gol con la mano en México '86. Porque a Maradona no hay que comprenderlo, hay que sentirlo. Y por eso, cuando presenciamos hechos inexplicables, solo podemos describirlos a través de Dios.

Diego Armando Maradona, el verdadero dios para tanta gente de Argentina y Nápoles.
Diego Armando Maradona, el verdadero dios para tanta gente de Argentina y Nápoles. Twitter

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